La mejor de las drogas
Por Cecilia Rodríguez U.
Cerró los ojos. Y viajó, viajó donde nunca antes había estado, conoció lugares, formas y colores que jamás pensó conocer. Ahí el frío no era frío, ni el calor era calor. Ahí la soledad no estaba sola y el dolor no hacia daño, las penas de pronto eran alegrías y las derrotas ya no eran fracasos.
Los sentimientos se multiplicaban por millones y la sensación que eso daba era mejor que cualquier droga, agudizaba todos los sentidos y parecía no tener efectos secundarios. Tanta fuerza en aquella “dimensión desconocida” era incontrolable, se hacia imposible de manejar, al punto que llegaba a ser algo molesto.
Cuando la situación se volvió tensa por fallar en el intento de tener el control, decidió dejarse llevar y al más puro estilo de una presa que no tiene escapatoria y se ve cazada, se entregó a esa sarta de emociones que, poca explicación tenían, pero que con tan sólo sentir, llenaban su alma de una inmensidad de cosas que, era imposible no esbozar una sonrisa y sentir la felicidad del momento, deseando que se hiciera eterno. Y desechando todas sus creencias, o más bien, convirtiéndose en creyente, ante la idea de que el amor y la felicidad existen después de todo.
Pero sintió que era tiempo de volver a la realidad. Y en ese instante fue el miedo lo que se apoderó de sus sentimientos. ¿Qué pasaría si no volvía a eso otra vez?, ¿cómo podría encontrar la forma de sentirse así de nuevo? La inseguridad por poco venció, pero no. Se dio cuenta que aquel estado de tal plenitud no se logra de la nada. Eso era algo, un algo total y completamente tangible.
Abrió los ojos. Se encontró con una mirada fija, dulce, real y algo enamorada. Y fue ahí en donde todo lo que hace un rato sintió se consagraba y se volvía más real que cualquier otra cosa que pudiera existir en este mundo o en cualquier dimensión o universo paralelo.
Por Cecilia Rodríguez U.
Cerró los ojos. Y viajó, viajó donde nunca antes había estado, conoció lugares, formas y colores que jamás pensó conocer. Ahí el frío no era frío, ni el calor era calor. Ahí la soledad no estaba sola y el dolor no hacia daño, las penas de pronto eran alegrías y las derrotas ya no eran fracasos.
Los sentimientos se multiplicaban por millones y la sensación que eso daba era mejor que cualquier droga, agudizaba todos los sentidos y parecía no tener efectos secundarios. Tanta fuerza en aquella “dimensión desconocida” era incontrolable, se hacia imposible de manejar, al punto que llegaba a ser algo molesto.
Cuando la situación se volvió tensa por fallar en el intento de tener el control, decidió dejarse llevar y al más puro estilo de una presa que no tiene escapatoria y se ve cazada, se entregó a esa sarta de emociones que, poca explicación tenían, pero que con tan sólo sentir, llenaban su alma de una inmensidad de cosas que, era imposible no esbozar una sonrisa y sentir la felicidad del momento, deseando que se hiciera eterno. Y desechando todas sus creencias, o más bien, convirtiéndose en creyente, ante la idea de que el amor y la felicidad existen después de todo.
Pero sintió que era tiempo de volver a la realidad. Y en ese instante fue el miedo lo que se apoderó de sus sentimientos. ¿Qué pasaría si no volvía a eso otra vez?, ¿cómo podría encontrar la forma de sentirse así de nuevo? La inseguridad por poco venció, pero no. Se dio cuenta que aquel estado de tal plenitud no se logra de la nada. Eso era algo, un algo total y completamente tangible.
Abrió los ojos. Se encontró con una mirada fija, dulce, real y algo enamorada. Y fue ahí en donde todo lo que hace un rato sintió se consagraba y se volvía más real que cualquier otra cosa que pudiera existir en este mundo o en cualquier dimensión o universo paralelo.
Se besaron y la inseguridad desapareció por completo. Volvió a entregarse como la presa que fue cazada, pero esta vez sin miedo y sin la molestia que trae consigo la resignación de rendirse ante algo. Se entregó con seguridad, sin nada que perder y apostando todas sus cartas a ganar. Se entrego por fin al amor.