Por Cecilia Rodríguez U.
Viendo el amanecer, comprendí ciertas cosas en las que antes no había pensado, como que; el sol sale hacia el lado suroriente de mi edificio y que los pajaritos cantan como compitiendo entre ellos por ver quien canta más fuerte o más lindo.
Que es más agradable el efecto “crepúsculo” de la mañana, quizás porque se sabe que cuando pasa queda todo claro en vez de oscuro y que el café sabe distinto cuando se bebe contemplando el amanecer.
Qué así como algunas personas recién regresan a sus casas después de una larga noche de éxtasi y jolgorio, hay otras que con esfuerzo y entereza comienzan un día más de trabajo.
Que es imposible mirar la cordillera apenas iluminada y no pensar en la grandeza del universo, sintiéndose tan pequeño como una partícula de polvo que flota en el aire.
Que a las 6 de mañana ya hay conductores temerarios al volante por las calles capitalinas y que es la hora justa en dónde termina la paz que apenas alcanza a envolver la frenética ciudad, por un par de horas.
Sin embargo, lo más importante de todo lo que entendí, en un amanecer de viernes, fue que pese a creer que pensaba en cualquier otra cosa, mientras escribía estas líneas, sólo pensaba en ti.