Por Cecilia Rodríguez U.
En Santiago tenemos el atractivo parque de diversiones, Fantasilandia. Lugar que hace años reúne a jóvenes que disfrutan de los juegos adrenalínicos. El reemplazo perfecto de un Ritalín, ya que basta sólo dar una vuelta en alguna montaña rusa y hasta el más inquieto y diablillo de los niños queda como un lindo y tierno querubín.
Pero resulta que hoy en día este famoso parque de atracciones se ha convertido en una especie de submundo, el epicentro de toda la flaiterìa capitalina y de sus alrededores.
Todo tipo de flaites se pueden encontrar en este lugar, desde el que tiene un look al más puro estilo Daddy Yankee, es decir, pantalones anchos, camisetas de basquetbolistas, jockey de ala grande y parafernálicas zapatillas que jamás pasan inadvertidas, hasta el que simplemente por motivo del calor, opta por andar con la guata al aire a vista y paciencia de todos los allí presentes.
Es tanta la cantidad de flaites reunidos en aquel recinto que perfectamente se puede pensar que hay una suerte de descuento, tipo dos por uno, “entran dos flaites por el precio de uno”.
Fue tal mi asombro, la última oportunidad que fui, de encontrarme con tantos de estos peculiares personajes, que por un momento creí que me encontraba en medio de la playa de Cartagena, en donde ellos son amos y señores, de hecho -ahora que lo pienso- en Fantasilandia también lo eran. Se creían los dueños del lugar, no respetaban filas, ni personas, se garabateaban de un extremo al otro y si algo no les parecía, no dudaban en darse golpes.
Era tal cual se muestra en la televisión, los flaites veraneando en las playas de nuestro litoral central, sólo que en esta ocasión les faltaba el mítico melón con vino.